'S Wonderful

“No sabe actuar, no sabe cantar, calvo. Baila un poquito”.
Esa es la evaluación que, según la leyenda, mereció su primera prueba de cámara para la RKO. El autor de dicho informe no pasará a la posteridad por su ojo clínico, desde luego, porque aquel tipejo larguirucho, calvo, incapaz de actuar, de cantar y con sólo unas “exiguas dotes” como bailarín terminó convirtiéndose en “the greatest dancer in the world” según palabras del muy reputado George Balanchine, que algo sabía del tema.
Fred Astaire empezó como un chaval acompañando a su hermana Adele en el teatro de vaudeville y, más tarde, en Broadway donde se convirtieron en la gran sensación como pareja de baile. Del escenario al celuloide solo había un paso, de baile obviamente, y en apenas dos años desde su debut todo el mundo se maravillaba de la elegancia con la que manejaba sus zapatos de claqué.
Todos le recordamos en sus películas con Ginger Rogers, sin embargo, Fred Astaire actuó en 30 musicales y sólo 10 de ellos con ella. De todas sus parejas de baile, parece que con la que más a gusto trabajó fue con Rita Hayworth.
Sombrero de copa, chaqué, zapatos relucientes… es difícil imaginar a Fred Astaire de otra manera y durante años su forma de vestir fuera de las pantallas marcó estilo siendo responsable de toda una serie de creaciones de moda que trataban de recrear el “toque Astaire”.
Fred Astaire era tímido, muy tímido, se ponía nerviosísimo en público y lo pasaba fatal cuando tenía que bailar delante de extraños en cualquier acontecimiento social. Su hija Ava asegura que el peor recuerdo de su vida es su noche de debutante. En estas ceremonias de presentación de jovencitas de alta sociedad es habitual iniciar la velada con los padres sacando a bailar a sus hijas. Aquella noche, obviamente, todas las miradas estaban fijas en Ava y Fred Astaire que, al parecer, se puso tan nervioso que no dejó de tropezar y pisar a su hija hasta que terminó el vals.
En privado, sin embargo, no tenía tantos problemas para bailar y cualquier elemento servía para sus improvisadas coreografías, como bien atestigua David Niven, que se lo encontró una tarde en su casa con la música a todo meter, bailando entre sus muebles con su mujer (la de Niven) y usando sus palos de golf como si fueran espadas de una improvisada lucha.
Después del baile, la gran pasión de Fred Astaire eran los caballos, pasión que compartía con su mujer Phyllis y que le llevó a crear de la nada una cuadra de caballos de competición que lo ganó prácticamente todo.
Tal era su pasión por sus caballos que, este hombre conocido por su modestia, y su afán por una vida tranquila y lejos del barullo de fiestas y publicidad gratuita de Hollywood cometió su única locura (reconocida) una noche en que, poseído por no se sabe qué fiebre extraña, se levantó en mitad de la madrugada y pintó todos los buzones de Beverly Hills con los colores de su cuadra. “No sé qué demonios me pasó” aseguraría después, divertido.
De su sistema de trabajo se sabe todo, que ensayaba inmisericorde durante meses antes de filmar las escenas de baile, que hacía un par de pruebas para que los técnicos (iluminación y sonido) y el cámara pudieran preparar la escena y que, por lo general, lo clavaba a la primera aunque el perfeccionista que llevaba dentro siempre pedía tomas y más tomas.
Los días que rodaba grandes números de baile sus compañeros del estudio se daban tortas para poder asistir y ser testigos en directo de la magia de Fred Astaire.
Él fue el que estableció que la cámara se quedara lo más quieta posible mientras filmaba los números de baile “o baila la cámara o bailo yo” y se empeñaba en que, en la medida de lo posible, se les viera de cuerpo entero mientras ejecutaban la coreografía, nada de planos cortos, nada de detalles de los zapatos taconeando o de los rostros sonriendo, que se viera el número, en definitiva, en toda su gloria.
A este señor que “bailaba un poquito”, el baile le acompañó hasta los últimos días de su vida porque, aunque su último músical lo rodara en 1968, nunca dejó de practicar.
Cuando los años empezaron a cansarle el cuerpo le dio por bailar e inventar coreografías con el monopatín de su nieto hasta que sus hijos se lo confiscaron cuando se rompió la muñeca en una caída. El incidente saltó a los periódicos y la National Skateboard Society aprovechó para nombrarle miembro vitalicio. Tenía entonces 78 años.
Pero ni entonces perdió Astaire el buen humor: “Gene Kelly me advirtió que no hiciera el tonto, pero he visto las cosas que hacen los chavales en televisión, todos esos trucos. ¡Las coreografías que podría haber hecho para mis películas si (los monopatines) hubieran existido hace unos cuantos años!”.
One can only imagine, Mr. Astaire.
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